domingo 8 de noviembre de 2009

El taller literario y las técnicas de desarrollo de la creatividad.


Si usted quiere llegar a ser un buen escritor sin duda se ha planteado la posibilidad de acudir a algún taller literario o taller de escritura para aprender las técnicas narrativas más imprescindibles.

Déjeme hacer una reflexión en voz alta al respecto. Hay dos cosas, si, sólo dos, que importan a la hora de escribir algo: qué se cuenta y cómo se cuenta. Todos los demás aspectos están, de un modo u otro, relacionados a este qué y a este cómo. Estará usted de acuerdo conmigo que en la mayoría de los talleres de escritura o literarios le enseñan técnicas narrativas que usted puede aprender para contar correctamente su historia (el cómo). Pero, ¿qué hay acerca de aprender a seleccionar o inventar una historia? (el qué). De ello quiero precisamente hablarle a continuación. Le explicaré una técnica muy sencilla y eficaz que le ayudará no sólo a encontrar argumentos originales sino también, paso a paso, a desarrollar su capacidad creativa. Con esta técnica, orientada inicialmente a la escritura de relatos, aprenderá a idear argumentos, es decir, a desarrollar el ‘qué’.

Vayamos por partes. Como suele decirse, la fama cuesta, es decir, si quiere aprender algo deberá dedicarle tiempo y esfuerzo, no mucho se lo prometo, pues se trata de desarrollar una capacidad que usted ya tiene, sólo que necesita desempolvarla un poco. Vamos a desarrollar su inventiva con una técnica usada para la mejora de la memoria, pero que bien aplicada a la escritura de relatos le sorprenderá gratamente. Estos son los pasos a seguir.

Primero. Necesitará tres listas de palabras. Me explico, una lista de palabras que representen objetos cotidianos (coche, taza, pluma, …). Una segunda lista de palabras que representen cosas abstractas, a ser posible sentimientos (miedo, angustia, felicidad, sorpresa, …); y una tercera lista de palabras que representen acciones (correr, morder, robar, cantar, …) ¿Qué palabras elegir? Depende del tipo de relato que quiera escribir. ¿Uno romántico? Pues escoja palabras que le sugieran romanticismo; ¿uno policiaco?, pues escoja palabras relacionadas con este tipo de relatos. Aunque he de advertirle que si quiere originalidad quizá deba atreverse a escribir, por ejemplo, algo romántico sin elegir palabras que suenan a tópico (amor, enamorase). La originalidad la conseguirá sorprendiendo, huyendo de tópicos.

Segundo. Ahora es tan sencillo como al azar, sí, al azar, escoja una y sólo una palabra de cada una de las tres listas. Es decir, elija un objeto, un sentimiento y una acción.

Tercero. Se lo crea o no, ya está en camino pues ya tiene los mimbres sobre los que fantasear. Ahora tiene que esforzarse y dejar volar su imaginación. Coja papel y lápiz, busque un lugar tranquilo donde no le molesten y empiece a fantasear sobre las tres palabras que ha seleccionado. Pongamos un ejemplo. Imaginemos que ha seleccionado esta tríada: teclado, frío, arder. Ahora hay que fantasear: ¿un relato de terror sobre alguien que escribe y de repente el teclado empieza a arder mientras la habitación se congela de tanto frío? Le parecerá fantasioso, pero ¡de eso se trata! Le aseguro que, si no se cuestiona usted mismo sus propias ideas y las deja fluir, ese papel que se llevó a su rincón creativo acabará lleno de ideas. No las juzgue, sólo platéelas, escriba frases que relacionen las tres palabras. Piense constantemente en ellas, vaya depurando las ideas que surgirán y acabará por encontrar la idea ‘correcta’. Se dará cuenta que conforme va depurando su tríada no sólo se le ocurren más frases, más ideas, también se le ocurrirán escenas enteras. Tal vez sea el inicio que da pie al relato, tal vez vea usted un impactante final…
El secreto radica en que las tres palabras no son más que el punto de partida, el disparo que enfoca su creatividad en una dirección concreta. Si consigue que desaparezca la dispersión de ideas y centra su mente en una dirección concreta se sorprenderá del resultado. Y con esta técnica de las tres palabras usted ayuda a su mente fijándole un rumbo. Ya está enfocado a su objetivo. Y todo lo que piense e idee será coherente con ese objetivo.
También se dará cuenta que conforme vayan surgiendo las ideas irá aumentando su entusiasmo porque se sentirá más creativo; y se dará cuenta de que incluso antes de empezar de verdad a escribir su relato ya sabe todo lo que quiere contar. Con práctica dominará usted el ‘qué’.

Cuarto. Ahora siéntese y simplemente escriba su relato cuya idea ha surgido de darle vueltas y vueltas a esas tres palabras iniciales. Más abajo en este blog podrá ver dos ejemplos del uso de esta técnica. “La conversación” es un relato que escribí con la tríada paquete, angustia, escuchar; y “Tras la esquina” es otro relato surgido de la tríada calle, sorpresa, mentir. Juzgue usted el resultado.


Cuando sepa generar ideas para relatos ya estará listo para depurar su estilo porque, entre usted y yo, por muy bien que domine las técnicas narrativas si no hay una historia que contar realmente no podrá sentirse escritor ¿no cree?

Pruebe esta sencilla técnica y ya me contará.

Un saludo.



viernes 6 de noviembre de 2009

Cómo publicar: editorial tradicional versus autoedición.



Esta es la cruda realidad con que se topa todo escritor novel que decide publicar su obra.

* Las editoriales grandes no quieren saber nada a no ser que se tenga ya cierto renombre en la profesión. Mentalícese, apenas importa lo bien que uno escriba, lo que les importa es que el aspirante se haya empezado a dar a conocer, que empiece a tener cierto C.V. como escritor: colaboraciones en revistas, diarios, haber ganado algún concurso para noveles,…
* Las editoriales pequeñas ofrecen más posibilidades pero sólo editan unos pocos títulos al año y siempre con tiradas muy bajas. La competencia es grande y, en caso de lograrlo, la repercusión suele ser escasa.
* Los agentes literarios que realmente pueden lanzar una carrera sólo aceptan los manuscritos que ellos solicitan, por lo que primero hay que convencerles de que la obra vale la pena. Hay que saber vendérsela a un profesional. Luego, sólo queda esperar respuesta por meses…
* Las alternativas a todo esto son: insistir una y otra vez, frustrarse u optar por la autoedición con una editorial/imprenta que ofrezca este tipo de servicio.

Las ventajas de la autoedición son:

* Se publica sí o sí, no depende de la decisión de nadie. Si se tiene un manuscrito, éste se convertirá en libro por un módico precio.
* Suele imprimirse bajo demanda. Sólo se imprimen los ejemplares una vez vendidos. Así, si no funciona y no se vende, al menos no se tendrán 500 ejemplares estorbando por casa y recordándole a uno el final de su aventura.
* Del margen de beneficios al autor le corresponde la parte del león, llegando incluso a un 80% en concepto de royalties (en una editorial tradicional a un autor novel le darían un 5 o 7% máximo).
* Normalmente no hay exclusividad. Puede vender su libro por su cuenta sin estar obligado a pagar ningún tipo de cuota o canon a su editor/impresor. Sólo se paga el coste de impresión de cada ejemplar y en este caso el beneficio sería el 100% del margen.
* Algunos ofrecen incluso la posibilidad de publicar totalmente gratis (siempre que uno mismo gestione las inscripciones en los registros y el papeleo), y la mayoría ofrecen un servicio mínimo de partida que le gestionará el ISBN, el código de barras y el depósito legal (imprescindibles si se quiere vender el libro al público de forma legal) por poco más de 200 euros.

Los inconvenientes:

* Las editoriales tradicionales promocionan a sus autores porque sus ingresos nacen de las ventas. Sin embargo, este nuevo tipo de editores/impresores no viven de sus ventas sino de los servicios que ofrecen al escritor. Mi consejo: contrate lo mínimo necesario ya que ellos ganan siempre aunque el libro no funcione, de hecho, no moverán un dedo para promocionarlo.
* Relacionado con lo anterior, en la autoedición la promoción y distribución van de cuenta del autor. Si no se mueve, no venderá ni uno. Todos sus conocidos -y no tan conocidos- se tienen que enterar de que al fin ha editado el libro. Mi consejo: tómeselo como un escaparate para darse a conocer y no como un negocio.
* El sentido común del autor será lo único que dirá si el libro tiene el nivel para publicarse o no, porque no hay ningún filtro de calidad. Hay que tener muy en cuenta que publicar un libro poco elaborado y mal trabajado acabará con las posibilidades reales que se puedan tener en una editorial tradicional. Si se es desconocido, no queda otra que ser bueno (o al menos parecerlo). Sea muy cuidadoso con esto.

De mi experiencia puedo dar unos consejos a quien se encuentre en esta situación:

* Hay que publicar con dos intenciones: creerse uno mismo que realmente se es escritor (ni se imaginan lo bien que sienta a la autoestima tener tu propio libro en tus manos) y darse a conocer con un producto ya elaborado que abra las puertas antes cerradas. Tómenlo como la carta de presentación para dar el salto a una editorial tradicional, de ésas que cuidan de verdad a sus autores.
* Si tiene alguna colección de relatos, cuentos o algo así, empiece por ahí. Son ideales para demostrar la versatilidad del autor.
* Registre SIEMPRE sus obras PERSONALMENTE en el registro de la propiedad intelectual (son unos 12 euros en España) ya que es lo que mejor, y casi lo único, que garantiza legalmente la autoría. No está demás garantizarse sus derechos por su trabajo.
* Vuelvo a insistir, sea muy cuidadoso con la maquetación del libro: diseño de la portada, tipo de letra, ortografía… y hágalo usted mismo a ser posible (se ahorrará mucho dinero, pues es aquí donde este tipo de editoriales sacan su mayor tajada).

Personalmente me alegro de haberme decidido a autoeditar mi libro de relatos. Así que sólo me resta aconsejarle que no desprecie esta posibilidad que le brindan las nuevas tecnologías y empiece a labrarse un nombre. Si no se mueve, no se le verá.

Un saludo,
Jaime Servera


lunes 10 de agosto de 2009

Tras la esquina


Fue doblar la esquina y darme de bruces con él, con su bigote de cepillo y sus veinte años, treinta kilos y una calva de más. Logré reconocerlo por esos ojos diminutos que apenas asomaban de entre las dioptrías de unas gafas redondas.

―¡Coño! ―dije, pues no recordé su nombre.
―¡Anda! ―. Él tampoco recordó el mío.

Por un instante enmudecimos, pues no es de recibo profundizar en temas vitales cuando aún te estás preguntando si él pensará lo mismo de tu aspecto; así que nos observamos mutuamente intentando decidir quién de los dos había empeorado más.

―¿Y qué es de tu vida? ―pregunté.

No contestó de inmediato. Se le arrugó la frente, arqueó las cejas, se colocó bien las gafas y me miró, sopesando yo qué sé. Inspiró con fuerza pero resopló con suavidad mientras se encogía de hombros.

―Pues de aquí para allá.
―Pues se te ve bien. ―Mentí.
―Tú apenas has envejecido. ―Ahí comprendí que él tampoco era manco.

Veinte años sin verse son muchos para que los resista una endeble amistad de patio de colegio más allá de la etapa inicial de cortesía, así que juraría que él también sintió la urgencia de la incomodidad.

―Un día de éstos nos ponemos al día. ―Volví a mentir.
―Dalo por hecho.

Curioso, pero así son muchos encuentros del pasado que acechan para aparecer sin avisar y casi diría que con alevosía tras la esquina que uno menos se espera.
Fue tras alejarme unos metros cuando me vino su nombre y el recuerdo de sus torpes andanzas de niñez. Sonreí para mí con sorna. No pude resistirme y le eché un último vistazo para comprobar, con cierto fastidio, que él actúo igual. Saludé, forzado, y me alejé. «El muy…. ¡piensa lo mismo!», me dije. Y me alejé refunfuñando para mí que eso es lo que tiene la gente: aunque las palabras no suelen ser sinceras, las actitudes no mienten.

Jaime Servera
Mallorca, Agosto 2009.


domingo 19 de abril de 2009

La conversación


Han pasado años y a pesar de ello aún me estremezco al recordarlo. Creo que desde entonces no ha pasado un solo instante en el que mis recuerdos no acudan de nuevo a aquella apacible tarde, y para angustia de mi alma, revivan aquella maldita conversación una y otra vez. Si las armas las carga el diablo, yo puedo asegurar que algunos recuerdos no les van a la zaga. Sencillamente no puedo olvidar la tarde de verano en la que sentí la maldad al otro lado del teléfono de un extraño.

Era un hombre gordo y calvo, de mirada de hielo y sonrisa de hiena. Escondía en su regazo, protegido con ademanes de avaricia un paquete no mayor que un palmo y adornado de vivos colores. Yo estaba tranquilamente sentado en la terraza de un bar, escribiendo las torpes poesías de siempre, las únicas a las que puedo ya aspirar. Se sentó a pocos pasos de mí en un estruendo de la endeble silla metálica y puso su pequeño trofeo sobre la mesa. Lo miró entre curioso y orgulloso con esos ojos de ratón que jamás podré olvidar.
-Mi primer móvil –me dijo como si a mi me importara.
Le dediqué una sonrisa de compromiso.
Sus manos impacientes deshicieron el ridículo paquete y sacaron el teléfono móvil. Se lo veía orgulloso y algo perdido intentando descifrar ese teclado para dedos de alambre. No sin esfuerzo consiguió colocar la tarjeta y la batería. Sonrió al comprobar que no haría falta esperar horas para recargarla. Y empezó a juguetear con sus dedos regordetes, sacando increíbles sonidos de su móvil que cegaron mi escasa inspiración de esa tarde.
-Llamaré a casa –pensó en voz alta.
Cuando estás esperando la cuenta en la terraza de un bar mientras te corroen las prisas, cualquier cosa te parece insignificante, pero no pude evitar, lo confieso, afinar mi oído en un intento de apaciguar mis ansias por marcharme. Siempre me he arrepentido de ello.
-¿Y usted quién es? –gritaba el gordo a su móvil - ¿qué hace en mi casa?... No, no, no me venga con esas, ¡explíquese!... ¿A mi mujer?, claro que la quiero… Repita eso… No le haga daño… No tengo tanto dinero… No, por favor… Cariño, cariño, ¿qué te han hecho?... No la he oído bien, quiero volver a hablar con ella… No me venga con ésas, déjeme hablar con ella o no le pago… Sí, lo digo en serio… ¿Qué ha sido eso? ¿un disparo?... oiga, oiga… No, a mi hija, no… Está bien, está bien, pagaré, pagaré, pero no le hagan daño a mi hija… ¿El sótano? ¿Qué sótano?
Y entonces colgó y una sonrisa nerviosa delató su alivio al comprobar la pantalla de su teléfono.
-No tengo sótano, me he equivocado de número.
Y se largó, dejándome a mí toda la angustia de que él se desprendió, robándome el sueño para siempre y haciéndome vivir en la incertidumbre el resto de mis días.

Jaime Servera,
Mallorca, 2005.